Artículo: Los caballeros de las Nueve Puertas en Roma

Los caballeros de las Nueve Puertas en Roma
Sábado. Llegábamos al aeropuerto de Fiumicino. Roma estaba más caliente que Madrid. El calor mediterráneo de la capital española, seco y directo, resulta bastante más llevadero que la humedad romana. Pero, en realidad, ¿qué más da? Estamos en Italia.

El plan era sencillo: pasar el fin de semana en Roma y partir el lunes por la mañana hacia Florencia para la feria. En la ciudad nos recibiría nuestro querido amigo Andrea Pollini, de Luvit, uno de nuestros distribuidores de telas y sobre quien, por cierto, también estamos preparando un artículo.
Pero volvamos a Roma.

Tomamos un autobús que, debido a las obras que invaden la ciudad estos días, tuvo que desviarse más de la cuenta antes de dejarnos cerca de Piazza Navona, donde pasaríamos el fin de semana. Hacía calor. Llevábamos maletas llenas de trajes, camisas, corbatas y zapatos. El cansancio propio de un día de viaje.
Y entonces ocurrió.
En una pequeña calle, casi escondidos del bullicio romano, dos caballeros compartían un puro. Uno vestía un traje de solaro; el otro, una impecable traje pinstripe. Ambos irradiaban esa elegancia despreocupada que no se compra ni se imita.
Nos detuvimos.

No dijimos nada. Simplemente los observamos.
Era una de esas escenas auténticas que uno espera encontrar en el Pitti Uomo y que, paradójicamente, rara vez aparecen allí entre tanta teatralidad y tantos aspirantes al “peacocking”. Eso era otra cosa. Era natural. Era verdadero.

Seguimos nuestro camino comentando lo fortuito del encuentro. Lo tomamos como un pequeño adelanto de lo que estaba por venir. Habíamos viajado a Italia para nutrirnos de inspiración, de estilo y de conversaciones, y aquella imagen había sido el primer aperitivo. Como tomar un gin tonic en una terraza madrileña después de haber comido como Dios manda.

Ya duchados, cambiados y liberados de las maletas, salimos nuevamente a la calle con las cámaras preparadas.

Chicho lanzó una idea:
¿Y si volvemos a pasar por esa calle? Capaz nos los encontramos otra vez.
Para nuestra sorpresa, se habían multiplicado.
Allí estaban.
Ya no eran dos. Eran muchos.

Entablamos conversación y descubrimos que pertenecían a un club de caballeros. Una verdadera belleza. Seersuckers, solaros, sombreros Panamá, relojes vintage, zapatos perfectamente lustrados, barrigas prominentes y miradas de tranquilidad y sabiduría.

Eran los caballeros de las Nueve Puertas.
El Cavalleresco Ordine dei Guardiani delle Nove Porte —la Orden Caballeresca de los Guardianes de las Nueve Puertas— es un club italiano tan peculiar como fascinante. Su filosofía gira en torno a nueve pilares: la mesa y la buena bebida; la acción y el mundo del motor; el tabaco; la tauromaquia; las mujeres; el juego; el vestir; el arte; y, finalmente, los placeres desconocidos.
Con una orientación marcadamente masculina, la Orden nació con la intención de crear un espacio donde los hombres pudieran reunirse, conversar y profundizar en las cosas buenas de la vida.
Entre todos ellos estaba Augusto Micheli. Noventa años. El miembro más veterano del grupo.
Durante décadas trabajó en la industria de la maquinaria textil, una de esas profesiones profundamente italianas que mezclan ingeniería, industria y sensibilidad por la materia. En su mejor momento, su principal mercado era Estados Unidos. Entre anécdotas de negocios, viajes y amistades, mencionó con absoluta naturalidad algo que a cualquiera le habría llamado la atención: había sido amigo personal de Ralph Lauren.

Pero, curiosamente, aquello fue lo menos interesante de la conversación. Lo que realmente impresionaba era su manera de estar en el mundo. La calma con la que fumaba su puro. La atención que le prestaba a cada detalle. El gusto por una buena conversación. La alegría genuina de reunirse un sábado por la tarde con sus amigos, bien vestido y sin ninguna razón más importante que compartir el tiempo.

Y entonces uno entiende algo.

Todavía existe gente con sensibilidad hacia la vida. Personas para quienes vestirse bien es importante, pero nunca por vanidad. Personas que encuentran placer en un buen puro, en un vino servido a la temperatura correcta, en un reloj heredado, en una mesa larga o en una amistad de cincuenta años. Personas que entienden que el estilo no es una estética, sino una manera de habitar el mundo.

En Casa Sartorial hablamos de chaquetas, de telas, de corbatas...pero, en realidad, nunca hemos creído que nuestro trabajo trate únicamente de ropa. El trasfondo de todo lo que hacemos es cultural. Para entender verdaderamente nuestro producto, tenés que ver la vida de una determinada manera. Tenés que apreciar el detalle, valorar el tiempo, disfrutar del ritual y entender que algunas cosas merecen hacerse despacio y bien.



Aquella tarde romana nos recordó precisamente eso. Que todavía quedan hombres que viven así. Y quizá por eso aquel encuentro fortuito, en una pequeña calle cerca de Piazza Navona, terminó siendo mucho más que una anécdota de viaje.

Fue una pequeña confirmación de que nuestro mundo sigue existiendo.

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