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Artículo: El placer de vestirse

El placer de vestirse

El placer de vestirse

Hoy me puse un traje azul de raya diplomática, camisa blanca de doble puño y una corbata bastante seria. Nada particularmente extraordinario. De hecho, hace algunos años habría sido una forma bastante habitual de vestirme.

Pero esta mañana, mientras me miraba en el espejo, pensé algo que me hizo gracia: ya casi nunca visto así.

Y lo curioso es que nunca me había interesado tanto la ropa como ahora. No me he alejado de la sastrería; probablemente estoy más cerca de ella que nunca. Lo que ha cambiado es mi manera de entenderla y, sobre todo, de incorporarla a mi vida cotidiana.

 

Parte de ese cambio comenzó cuando me mudé a España hace unos años. Aquí volví a vivir realmente las estaciones y, con ellas, descubrí muchas más posibilidades al vestirme. El otoño permite volver al tweed, la franela y la pana; el invierno trae el cashmere, los abrigos, las bufandas y las capas; después llega el buen tiempo y aparecen nuevamente el lino, las lanas abiertas y las construcciones más ligeras.

Hay algo bonito en no poder llevar todo durante todo el año. Uno empieza a esperar determinadas prendas. La primera chaqueta de tweed cuando baja la temperatura, un abrigo que vuelve al armario después del verano o esos pantalones de lino que anuncian que finalmente ha llegado el calor.

Con las estaciones también empecé a jugar mucho más. Una chaqueta de tweed con un pantalón diferente, una Teba, una buena cazadora, un jersey debajo de una chaqueta. Corbatas de lana, seda o lino, pañuelos, bufandas, buenos zapatos, relojes, cinturones, tirantes o incluso un buen paraguas. Las capas cambian completamente un conjunto, y las texturas también.

 

No se trata de añadir cosas por añadir. Todo elemento debería aportar algo sin que el conjunto parezca excesivamente pensado. Esa es quizás una de las cosas que más disfruto hoy: poder experimentar manteniendo cierta coherencia.

Y, casi sin darme cuenta, el traje dejó de ser el centro de mi armario. Pero las cosas que siempre me han gustado de la sastrería siguen exactamente ahí. Me siguen importando las proporciones, la caída de un tejido, la longitud de una chaqueta, un buen cuello, una solapa generosa, los acabados hechos a mano y, especialmente, cómo una prenda se relaciona con el cuerpo.

Un pantalón de caja alta y doble pinza puede estar hecho en una franela clásica, pero también en pana, algodón o lino. Una chaqueta puede tener una construcción y unas proporciones profundamente sartoriales sin sentirse formal. Para mí, esa es precisamente una de las partes más interesantes de la manera en que vestimos hoy.

"La herencia sigue ahí. Lo que ha cambiado es la manera de utilizarla."

 

Quizás por eso también he empezado a pensar que confundimos con demasiada facilidad estar formal con estar bien vestido. Vemos muchos hombres de traje todos los días y el simple hecho de llevar uno parece otorgar automáticamente cierta idea de elegancia. Pero no siempre es así.

Una chaqueta demasiado corta o demasiado estrecha, unos hombros que no guardan relación con el cuerpo, un pantalón con una altura o un volumen incorrectos pueden alterar completamente la figura. El traje, que debería favorecerla, puede terminar consiguiendo exactamente lo contrario.

Una de las grandes virtudes de la buena sastrería siempre ha sido entender el cuerpo. Una buena chaqueta puede equilibrar los hombros y construir una silueta; un pantalón con la altura y el volumen adecuados puede cambiar completamente las proporciones de un hombre. Y cuando todo funciona en conjunto, muchas veces ni siquiera hace falta conocer de ropa para darse cuenta. Simplemente vemos a esa persona y pensamos que está bien vestida.

"Un traje puede hacernos más formales. No necesariamente más elegantes."

 

Y lo contrario también es cierto. Algunos de los hombres más elegantes que encuentro en mi día a día son señores mayores que claramente ya no tienen ninguna necesidad de vestirse para ir a una oficina. Casi nunca llevan traje.

Quizás llevan una chaqueta de tweed, un jersey, un pantalón de franela y unos buenos zapatos que probablemente llevan años usando. A veces una bufanda o un pañuelo. Nada parece especialmente complicado y, sin embargo, todo está en su sitio.

Hay algo en la naturalidad con la que llevan la ropa que me interesa especialmente. Conocen su cuerpo, conocen sus proporciones y saben qué les funciona. Después de muchos años, la ropa deja de parecer algo impuesto y empieza simplemente a pertenecerles.

Eso, para mí, tiene mucho que ver con la elegancia.

 

Y también me recuerda que el gusto tiene relativamente poco que ver con el dinero. Se puede comprar una chaqueta extraordinariamente cara y no saber llevarla, de la misma manera que alguien puede tener un armario bastante sencillo y vestir extraordinariamente bien.

El gusto necesita tiempo. Hay que mirar, probar, equivocarse y volver a probar. Tocar tejidos, entender por qué una franela se comporta de una manera y un lino de otra, descubrir qué hace una buena chaqueta por nuestro cuerpo, encontrar nuestros colores, nuestros zapatos y nuestras proporciones.

Hay que ser curioso.

Quizás por eso me sigue gustando tanto la idea de la sastrería. No únicamente como el lugar al que uno acude cuando tiene una boda y necesita un traje, sino como siempre fue: un lugar al que uno vuelve.

Con el tiempo, un buen sastre termina sabiendo bastante sobre nosotros. Conoce nuestro cuerpo, naturalmente, pero también nuestros gustos, nuestro trabajo, dónde viajamos, cómo vivimos, qué tenemos ya en el armario y qué realmente necesitamos. Se convierte, de alguna manera, en una persona de confianza para todo lo relacionado con nuestra manera de vestir.

Esa relación me parece cada vez más interesante en un mundo en el que podemos comprar prácticamente cualquier cosa en unos segundos. Entrar a una sastrería, hablar con alguien que conoce el oficio, tocar los tejidos, preguntar, probar otras proporciones y construir poco a poco un armario es una experiencia completamente diferente a simplemente comprar una prenda.

 

No creo que tengamos que volver a una época en la que los hombres llevaban traje todos los días. Yo, desde luego, no quiero hacerlo. Me gusta demasiado poder ponerme mañana una chaqueta de tweed, pasado mañana una Teba y, cuando llegue junio, volver a sacar mis pantalones de lino.

Pero sí creo que merece la pena recuperar algo de aquella cultura alrededor del vestir: hablar con un sastre, conocer a un buen zapatero, preguntar por un tejido, reparar unos zapatos que nos gustan, esperar la llegada del otoño para volver a utilizar una chaqueta. En definitiva, prestar atención y volver a disfrutar del proceso.

Porque quizás nos hemos acostumbrado demasiado a comprar ropa.

Y hemos dedicado bastante menos tiempo a aprender a vestirnos.


CRW.

 

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